Imagino que la extraordinaria calidad de estos cuentos es lo que
explica su lugar secundario —y casi invisible— en la narrativa argentina
actual. Son demasiado buenos y por eso no encuentran su lugar. Historias de un
pesimismo puro, tienen un aire trágico que las aleja de la poética lúdica y
exhibicionista que domina nuestra literatura desde Borges y Cortázar. Los
relatos sin salida pero serenos de Ezequiel Martínez Estrada acumulan
bíblicamente desgracias y desdichas en una sucesión irónica de catástrofes,
grotescas y un poco cómicas, a la manera de Flannery O’Connor o de Thomas
Bernhard. ¿Cómo entender, entonces, la colocación lateral de estos textos en el
escenario de nuestra cultura letrada?
Un motivo podría ser que el autor ha conseguido una posición
indiscutible como ensayista y, por lo tanto, sus ficciones han sido
consideradas ejercicios menores y circunstanciales de un pensador muy
reconocido. Sin embargo, en sus libros más famosos, como Radiografía
de la pampa o La
cabeza de Goliat, se
ve que es, sobre todo, un narrador. Reflexiona con argumentos y con ejemplos,
alegoriza el pensamiento y usa la ficción —el caso imaginario— en sus
razonamientos. La noción central de los invariantes históricos que unifican sus
libros es, de hecho, una ficción narrativa. La idea de un acontecimiento que se
repite y se expande, cuyo origen está postulado pero no se demuestra sino que
se conjetura, es desde ya una ficción que irradia sentidos múltiples. En sus
ensayos se libera de la elaboración discursiva y se mueve con figuras
narrativas. Personaliza los argumentos y construye una galería de fantasmas que
lo ayudan a ordenar y a clarificar la experiencia histórica. En ese marco, sus
relatos son una continuación destilada de sus libros anteriores. En su producción
de los años cuarenta y cincuenta, bajo el peso demoníaco —para él— del
peronismo, su prosa de ficción, liberada de las exhortaciones y de la
interpretación, es un logro mayor y hace ver con claridad su percepción del
mundo. Sus relatos no explican ni interpretan, dan a juzgar. La cuestión
central aquí es —como siempre en literatura— la enunciación. El que narra es un
coleccionista de calamidades, un sujeto distanciado que registra los hechos con
cierta ironía y resuelve magistralmente, con detalles circunstanciales y
diálogos de gran eficacia, la construcción de un mundo a la vez cotidiano y
condenado.
Otro motivo que ha dificultado la difusión y la legitimidad de
estos cuentos es que en su momento fueron publicados por pequeñas editoriales
marginales, como Goyanarte, Futuro o Nova, y circularon en el espacio lateral
de la cultura de izquierda. Martínez Estrada se había alejado de la revista Sur y se movía en aguas más
cercanas a los jóvenes escritores. Recuerdo que fui leyendo sus libros mientras
se publicaban, en 1957 y 1958. Luego, en Mar del Plata, un compañero de quinto
año del Nacional me contó que era sobrino del escritor y que a veces lo
mandaban con él a Bahía Blanca. Se quejaba porque su tío lo obligaba a leer
todo el tiempo. Le pedí que me lo presentara cuando viniera a la ciudad y así
lo conocí. Fue en mayo o junio de 1959. Cuando apareció, me sorprendí, era un
hombre muy frágil, que avanzaba hacia mí sosteniéndose de las paredes con la
palma de la mano, pero cuando se sentó y empezó a hablar, su voz adquirió un
tono elegiaco y condenatorio que lo elevaba a la posición, un poco irreal, de
un profeta. Recuerdo vagamente lo que hablamos, pero persiste en mi memoria con
gran nitidez la imagen que usó para sintetizar o alegorizar su diatriba. “La
Argentina se tiene que hundir”, me dijo, e hizo con las dos manos en el aire el
gesto teatral de hundir a un niño en una bañadera de agua turbia. Luego, con
las manos todavía en el agua imaginada, tronó: “Si merece vivir, saldrá a
flote, y si no, mejor será que permanezca hundida en el pantano de la
Historia”. Yo tenía 17 años y lo admiraba como escritor, pero me asusté un poco
y me despedí atropelladamente.
Esa tarde se reveló para mí su capacidad de construir imágenes
instantáneas e imborrables. Su estilo consiste en buscar un acontecimiento
cotidiano, un detalle casual o una metáfora común y transformarlos en un
universo denso e imposible. Tiene la virtud de convertir lo trivial, por
acumulación y expansión, en algo extraordinario. Cualquier travesía o viaje, o
una simple caminata por el campo, se transforma en una aventura siniestra en la
que el protagonista se extravía en un mundo paralelo. El héroe de sus cuentos
es siempre un hombre —o una mujer— solo, empecinado y desprotegido que se hunde
al intentar cumplir con las obligaciones cotidianas. Aturdido y humillado por
la sucesión de contratiempos y diligencias incomprensibles, se pierde y
fracasa. Percibimos ahí la gravitación de Kafka.
Uno de sus procedimientos o artefactos, digamos kafkianos, es la
ampliación del espacio que se expande hasta ocupar todo el universo visible,
por ejemplo, la casa de “Marta Riquelme”, o el hospital de “Examen sin
conciencia”, o la escalera del relato del mismo nombre; son ámbitos
fantasmagóricos y laberínticos donde los sujetos se extravían. La distancia
adquiere una dimensión incomprensible y la trama se instala en esos territorios
oníricos. La narración se abre a una serie de peripecias que se encadenan con
gran elegancia y parecen no tener fin. De hecho sus relatos no concluyen, se
interrumpen, podrían continuar ya que obedecen a la lógica serial de la nouvelle, una forma abierta que conviene
muy bien a las intrigas circulares y obsesivas que brillan con luz propia en
este libro. Por otro lado, a veces la narración se pliega a la intensidad de
las formas breves y se sitúa en la media distancia en cuentos muy eficaces,
como “Abel Cainus”, “No me olvides” o “En tránsito”. En el fondo, sus relatos
actúan como rastros potenciales de historias siempre en expansión, como si fueran
novelas condensadas y en movimiento.
El otro gran procedimiento de construcción es el despliegue de
los conjuntos de individuos, de los sujetos que rodean al héroe y se convierten
en una masa amenazadora, una muchedumbre en la que las personas privadas se
debaten y se ahogan. La amenaza de un grupo hostil está presente en casi todos
sus relatos. Actúan también en su ficción los invariantes históricos (con h
minúscula). En “Sábado de Gloria”, uno de sus mejores textos, en medio de una
trama burocrática que sucede en una oficina pública, cuando el personaje sale
del ministerio y va al banco, al cruzar la Plaza de Mayo, Martínez Estrada
intercala magistralmente páginas de historiadores argentinos (Mitre, Vicente
Fidel López, Saldías) que narran la ocupación de Buenos Aires en distintas
épocas por las montoneras bárbaras, como si las multitudes y la prepotencia
militar definieran el ambiente intemporal de cualquier relato sobre una ciudad
siempre atrapada en una pesadilla salvaje.
En medio de estos relatos, a la vez realistas y desmesurados,
brilla un humor cáustico, un sarcasmo que fortalece su efecto perturbador.
Quizás el hecho de no percibir el elemento cómico que hay en la tragedia fue lo
que afectó la recepción de estos cuentos, cuyo humor destructivo y siniestro,
nunca explicitado, es un fuego fatuo, una luz mala en el campo, que ilumina al
lector y le promete la inminencia de una revelación. Sus epifanías negativas
titilan debajo de la densa materia narrativa y hacen de sus cuentos pequeñas
obras maestras líricas e inolvidables.
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